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Si pudiéramos poner tres materiales sobre una báscula
ambiental, ¿cuál pesaría menos? La respuesta rápida sería «madera». La
respuesta rigurosa necesita bastantes más matices. Cuando se compara el material
de construcción que contamina menos, no basta con mirar qué se fabrica con
menos energía: también cuentan el origen, el transporte, la vida útil, el
mantenimiento y qué ocurre cuando el edificio deja de utilizarse.
Y aquí aparece un detalle que suele pasar desapercibido. Una
vivienda puede tener materiales muy eficientes y, aun así, gastar demasiada
energía durante décadas. Por eso, cuestiones como los errores
que aumentan el consumo en una vivienda también forman parte de la
conversación. Una ventana mal instalada o un aislamiento deficiente pueden
pesar muchísimo en el resultado final, aunque la estructura presuma de
sostenible.
Además, «contaminar» no significa únicamente emitir CO₂.
El impacto ambiental de los materiales de construcción incluye
extracción de materias primas, consumo energético, agua, residuos, transporte y
otros efectos sobre los ecosistemas. La Comisión Europea está impulsando
precisamente una visión de ciclo de vida que contempla producción, transporte,
construcción, uso, sustituciones, demolición, reciclaje y gestión de residuos.
Es decir, la etiqueta verde no se decide en la puerta de la fábrica.
Madera, hormigón o acero: ¿qué material de construcción que contamina menos?
Empecemos por la madera. Su gran baza es conocida: mientras
crece el árbol, captura CO₂ y el carbono queda almacenado en
la madera durante su vida útil. Además, requiere menos energía de fabricación
que materiales como el acero. Pero hay una condición enorme: debe proceder de
una gestión forestal responsable. Madera y deforestación no forman precisamente
una pareja ejemplar.
Un ejemplo real lo encontramos en la certificación FSC, que
permite acreditar el origen responsable de productos forestales. La
organización también señala que la madera puede requerir mucha menos energía de
producción que el acero. Eso sí, comparar una viga de madera con una de acero
sin analizar su función, cantidad y vida útil sería como comparar una bicicleta
con un camión porque ambos tienen ruedas.
El hormigón tiene mala fama ambiental, y con razón en parte.
Su problema principal está relacionado con el cemento, cuya fabricación genera
emisiones importantes. La buena noticia es que la industria está trabajando con
materiales cementantes suplementarios, combustibles alternativos y tecnologías
de captura de carbono. La mala es que fabricar hormigón sigue teniendo una
factura ambiental considerable. No hay magia: una columna de hormigón no
aparece en la obra por generación espontánea.
El acero juega otra partida. Su producción primaria tiene
una huella elevada, especialmente mediante la ruta basada en altos hornos. Sin
embargo, puede reciclarse repetidamente y la fabricación mediante horno
eléctrico a partir de chatarra presenta una intensidad de emisiones mucho menor
que la ruta convencional. Según datos de World Steel, en 2024 la intensidad
media de gases de efecto invernadero fue de 2,66 toneladas de CO₂e
por tonelada de acero en su indicador ampliado, frente a 0,71 toneladas en la
ruta basada en chatarra y horno eléctrico.
La trampa de buscar un único ganador
Entonces, ¿qué hacemos con todo esto? Primero, dejar de
pensar en los materiales como buenos o malos. Un edificio necesita estructura,
cerramientos, cimentación, instalaciones y acabados. Cada elemento exige una
solución distinta.
La propia Unión Europea ya está avanzando hacia el cálculo
del potencial de calentamiento global durante todo el ciclo de vida de los
edificios. Así se pueden comparar decisiones con más criterio y no únicamente
por el material que aparece en una fotografía de arquitectura sostenible.
Por eso, los materiales de construcción sostenibles
no deberían elegirse mediante una lista de colores verde, amarillo y rojo. Una
madera certificada y cercana puede tener un comportamiento ambiental muy
interesante. Un acero con alto contenido reciclado puede ser una elección
eficiente en determinadas estructuras. Y un hormigón optimizado puede reducir
material y emisiones respecto a una solución convencional.
En otras palabras, la pregunta correcta no es únicamente
«¿qué material contamina menos?», sino «¿qué solución consigue la función
necesaria con menor impacto durante toda su vida útil?».
- Madera
de origen responsable: puede ofrecer una huella de carbono incorporada
baja y almacenar carbono durante su vida útil. Sin embargo, el origen
forestal importa muchísimo. No toda madera tiene el mismo perfil
ambiental.
- Hormigón
optimizado: resulta difícil sustituirlo en muchas cimentaciones y
estructuras. La clave está en reducir la cantidad necesaria, emplear
cementos con menor huella y mejorar los procesos de fabricación. Menos
material también significa menos impacto.
- Acero
reciclado: tiene una ventaja muy clara: puede reciclarse una y otra
vez. La ruta mediante horno eléctrico y chatarra reduce mucho las
emisiones frente a la producción basada en mineral de hierro, aunque la
disponibilidad de chatarra limita cuánto puede crecer este modelo.
- Transporte
y proximidad: una elección aparentemente sostenible puede perder parte
de su ventaja si necesita recorrer miles de kilómetros. La procedencia
importa más de lo que suele parecer.
- Durabilidad:
sustituir un elemento varias veces también tiene un coste ambiental. Un
material resistente, bien diseñado y correctamente mantenido puede
resultar preferible aunque su fabricación inicial tenga más emisiones.
- Diseño
antes que material: reducir cantidades, aprovechar mejor las secciones
y evitar sobredimensionar una estructura son decisiones tan importantes
como escoger entre madera, hormigón o acero.
Así que la respuesta tiene menos titulares de los que nos
gustaría, pero es bastante más útil: la madera puede presentar una huella muy
baja cuando procede de fuentes responsables y se emplea correctamente, mientras
que el acero reciclado y el hormigón de menor contenido de carbono también
pueden mejorar mucho el resultado. El material de construcción que contamina
menos no es siempre el mismo. Depende del edificio, del diseño y de lo que
ocurra con ese material durante toda su vida.
